Ya son más de 40 años de carrera, de un hombre que se arraigo en el pueblo a punta de canciones, dichos, historias alegres y tristes, mitos propios de una estrella reconocida, el hombre que a partir de los éxitos “Una lágrima y un recuerdo” (1978) y “Con una lágrima en la garganta” (1979) ganó el favor popular chileno, encarnó un fenómeno de masas en 1982 y 1983 y fue uno de los cantantes más exitosos de esa década, con los impactos radiales “Motivo y razón” (1982), “Amor sin trampas” (1985), “Un ramito de violetas” (1985), “Mi prisionera” (1988) y “María Teresa y Danilo” (1988).
Zalo Reyes es un heredero de la genealogía de cantantes populares chilenos que empieza con los boleros de los años ’60, hermanados con la llamada “canción cebolla”, y que sigue con los conjuntos melódicos de la edad de Los Ángeles Negros, Los Galos y Los Golpes. Esa sintonía con el gusto popular le ha permitido además mantenerse activo al lado de figuras de la experiencia de Luis Alberto Martínez o los mismos Golpes y Los Galos y, distanciado de la gran industria musical hace ya más de una década, acceder al reconocimiento generacional de un público joven en el nuevo siglo.

El productor musical argentino Roberto Livi lo recordaba años y décadas después de ocurrido. Cuando en el verano de 1983 vino como invitado al jurado del Festival de Viña, escuchó una canción que le era familiar, y no sólo interpretada por un cantante en el escenario, sino coreada por miles en el anfiteatro. Era una canción que él mismo había escrito años antes. Se llamaba “Con una lágrima en la garganta”.

Dos palabras bastaban para explicar ese furor: Zalo Reyes. Y el de ese verano era la cúspide de un recorrido iniciado una década antes. Boris Leonardo González Reyes, hijo de un taxista, era el menor entre cuatro hermanos de una familia de la capitalina comuna popular de Conchalí. A los quince años ya cantaba como aficionado, en el tiempo del éxito de Los Golpes, Los Galos, Punto Seis, Capablanca o un ya consagrado José Alfredo Fuentes. Pero su real escuela inicial fue el estilo de Germaín de la Fuente, el cantante de Los Ángeles Negros.

Zalo Reyes actuaba hacia 1976 en quintas de recreo, y fue allí donde lo vieron los productores de las grabadoras IRT y EMI Odeon, Roberto Inglez y Jorge Oñate, y con esta última firmó contrato. Su primer single, “Una lágrima y un recuerdo” (1978), es una canción del autor José Barette popularizada por el grupo mexicano Miramar, de la que Reyes refiere haber vendido más de sesenta mil copias. Y el segundo fue la consagración: “Con una lágrima en la garganta” (1979), del aludido Roberto Livi.

Las dos figuran en el LP Canto por amor (1979) y conservan ese sonido de bolero tocado por un conjunto electrónico de los ‘70, con melodía de órgano y con los arpegios de guitarra eléctrica patentados por cantantes argentinos como Leo Dan o Yaco Monti. El cantante recuerda haber hecho esas primeras grabaciones con músicos de rock, y la época coincide además con la participción de Zalo Reyes en el canto final del LP Misa de los Andes (1976), grabado por Congreso con diversos invitados.

En efecto, el director artístico de EMI era Fernando González, guitarrista de Congreso, y entre los músicos que trabajaban para el sello figuraban Tilo González, baterista del mismo grupo, y Jorge Soto, tecladista deTumulto y Sol y Medianoche. A ese tiempo dedica Zalo Reyes una de sus canciones inéditas, donde homenajea a rockeros chilenos de los ‘70. “Arena Movediza, Influjo, Tumulto, Feed Back / El Sol y Medianoche, Panzer, tantos más / Son los amigos que esta tarde compartieron / Y fue la noche en que tu viejo se fue al cielo / Cantar contigo una canción de amor, siempre fuiste rockero / Toda tu vida se te vio feliz, del rock hiciste el tiempo / Yo no me olvido de Gran Avenida, tampoco Quintero